Cuando Fla-Flu fue uno solo para desafiar a Brasil: el amistoso de 1977 que movió el banquillo de la Canarinha

Domingo de clásico en el Maracaná siempre suena a samba y electricidad. Pero la historia guarda un capítulo inolvidable: el día en que Flamengo y Fluminense dejaron la rivalidad de lado para vestirse del mismo color y medir a la Selección de Brasil. Fue el 30 de enero de 1977, un ensayo de alto voltaje antes de las Eliminatorias rumbo al Mundial de 1978 que terminó 1-1 ante 64.084 aficionados. Un partido amistoso que, por su contexto y consecuencias, quedó marcado como algo más que un simple amistoso.
La época lo permitía: eran frecuentes los duelos entre la Canarinha y combinados regionales. Días antes, Brasil había vencido 2-0 a un combinado paulista y la pregunta flotaba en Río: ¿podrá el Río de Janeiro unido hacer mejor papel que São Paulo? Con Zico y Rivellino fuera por lesión, el combinado Fla-Flu tomó el reto con hambre de vitrina y también con un punto de reivindicación: se decía que varios querían demostrar que merecían lugar en la Selección.
El Maracaná, testigo mayor del fútbol brasileño, fue escenario de un duelo parejo y picante. Palhinha abrió la cuenta para Brasil a los 7 minutos del segundo tiempo; Pintinho igualó a los 39' y desató el rugido de las gradas, que aquella tarde abrazaron a un equipo mixto con alma de Río. La nómina del combinado tuvo nombres ilustres: Cantarele; Toninho (Júnior), Rondinelli (Jayme), Carlos Alberto Torres y Rodrigues Neto; Pintinho, Kléber y Paulo Cezar Caju; Paulinho, Luizinho (Erivelto) y Dirceu (Luiz Paulo). En los banquillos, dos cerebros de la época: Mário Travaglini (Fluminense) y Cláudio Coutinho (Flamengo), hombro con hombro al mando.
Brasil, invicta en 15 partidos pero bajo lupa por su irregularidad, formó con Leão; Zé Maria, Amaral, Beto (Edinho) y Marinho Chagas; Caçapava, Givanildo y Nilson Dias (luego Palhinha y después Paulo Isidoro); Gil (Valdomiro), Roberto Dinamite y Lula. Leão, con temple de capitán, pidió paciencia en plena tormenta mediática: el equipo estaba en construcción y los trabajos fuera del país afinarían la máquina para las Eliminatorias, decía. Aun así, el empate en casa pesó en el ánimo colectivo.
El epílogo fue vertiginoso. Al día siguiente, la delegación voló a Bogotá: triunfo 2-0 sobre Millonarios en amistoso y luego un 0-0 ante Colombia en el estreno de las Eliminatorias. La presión no cedió y Osvaldo Brandão dejó el cargo. La puerta se abrió para Cláudio Coutinho, que dio el salto desde el Flamengo a la Canarinha, mientras Mário Travaglini asumió funciones de supervisor técnico durante el proceso en Argentina. A veces el fútbol no espera: el ensayo con olor a clásico terminó moviendo el tablero de la selección.
Coutinho, hombre de frase medida, reconoció que el combinado carioca exigió al máximo a Brasil y que el marcador fue justo por lo visto: un primer tiempo con dominio Fla-Flu y una reacción veloz y agresiva de la Seleção tras el descanso. La recompensa para ese combinado llegó con el tiempo: seis de sus protagonistas —Carlos Alberto Torres, Carlos Alberto Pintinho, Paulo Cezar Caju, Toninho, Rodrigues Neto y Dirceu— se ganaron convocatorias posteriores. Y Brasil, ya en 1978, terminaría tercera del mundo tras vencer a Italia en el partido por el tercer puesto.
Para los amantes del Clásico Fla-Flu, ese 1-1 es un recordatorio de que la rivalidad también puede parir alianzas legendarias. Fue una tarde en que dos escudos rivales se fundieron para dignificar el fútbol carioca y, de paso, cambiar el destino del banquillo de la Canarinha. ¿Quién dijo que los amistosos no dejan huella?
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