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El templo y la conjura que nunca falla: Deportivo

30 de mayo de 20263 min de lectura
El templo y la conjura que nunca falla: Deportivo

Existe un lugar en A Coruña en el que todos reman en la misma dirección. Un lugar que iguala toda clase y condición. Donde cada persona siente lo mismo que quien tiene al lado. Un templo en el que 90 minutos pueden pasar en un suspiro o, como suele ocurrir, hacerse eternos. A veces, incluso, resultar agónicos. Pero la fe colectiva siempre empuja. Es la conjura que nunca falla. Es Riazor.

Basta con presenciar un partido para entenderlo. Antes de que ruede el balón, la comunión es total : aplausos, cánticos, bengalas y muchas bufandas y banderas del Deportivo al cielo. Apenas es un aperitivo. Lo que ocurre después, dentro del estadio, tiene algo de cinematográfico. Casi de coreografía ensayada. El encuentro contra el Andorra es el ejemplo perfecto. 29.680 personas ocuparon su asiento para mostrar el camino hacia Primera División. No fue fácil. Hubo que remontar. Pero para eso está el público, para encender la luz cuando parece que solo hay oscuridad.

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Aunque esa fue la mejor entrada de la temporada, la nota media del resto de encuentros es espectacular. Puede ser que el deportivismo se haya acostumbrado a ver a más de 25.000 personas en su estadio —sin importar día y hora—, pero lo cierto es que lo que ocurre allí cada jornada está lejos de ser algo normal. Desde los 25.954 espectadores que fueron al partido contra el Burgos en pleno agosto, pasando por los 19.995 que tuvieron que sufrir una derrota ante el Granada o los 28.577 que soñaron con eliminar al Atlético de Madrid en la Copa del Rey. Si en algo gana siempre el Dépor, sin mirar el resultado, es en afición.

Esa que en verano ya había dado el «sí, quiero» a otra temporada de infarto. Con la liga apenas empezada el Dépor sumaba 26.893 abonados con asiento, 1.854 socios amigo y 463 nen@ Dépor. Puede que parezcan solo números, pero es la razón por la que en casa, con la Torre de Maratón como testigo, el Dépor nunca juega solo con once jugadores. Hay otro futbolista invisible que empuja, aprieta y sostiene al equipo cuando flaquea. Lleva el dorsal 12 y tiene un solo nombre: afición. Esa que llenó el estadio sin importar la categoría ni el rival. La que también celebra ahora el regreso al lugar de donde nunca debió irse.


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